domingo, 28 de marzo de 2010
Amapola era mi duende favorita. En mi habitación vivía un ejército de ellos, todos eran de colores, algunos verdes, otros azules, amarillos y rojos. Pero Amapola era diferente, ella no tenía ningún color, era completamente negra, de pies a cabeza, y sus ojos eran brillantes, su voz intensa y suave perfume. Algunos duendes la llamaban Sombra, pues siempre iba tras de mis pasos, no me dejaba sola, donde yo iba, ella estaba, no había rincón de la casa en que ella no estuviera cuando yo estaba ahí.
Todo fue normal durante mucho tiempo, hasta que noté cómo poco a poco iban desapareciendo los duendecillos de mi habitación. Ya no hacían travesuras, y más de alguna vez vi a algunos escapar por la ventana. Todos se iban, no entendía por qué, sin embargo, Amapola siempre estuvo ahí. Ya pasados los días me di cuenta que sólo quedábamos Amapola y yo, la casa se volvió triste, y ya no habían risas que escuchar, todo quedó en silencio, quieto y vacío.
No sé cómo no me di cuenta antes que Amapola era la razón: pronto supe que fue ella quien se tragó el alma de muchos duendes que no alcanzaron a huir. Pero de eso me enteré después, mucho tiempo después, cuando descubrí que quería robar mi alma… Todo el amor que sentí por ella terminó con su muerte, cruel, e infinita.
Pensé que todo ahí terminaría, y que los duendes iban a regresar, pero no fue así. Ella se quedó hospedada en mi corazón para siempre, y yo, caminando en un sendero lleno de soledad transformándome en Amapola.



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